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Hace unos días, tuve que viajar al puerto fronterizo tamaulipeco de Miguel Alemán y utilicé como medio de transporte Autobuses del Norte. Al llegar a Ciudad Mier, el autobús entró al pueblo y en la estación fue recibido por un grupo de soldados enmascarados, cuyo uniforme no era el regular verde olivo de nuestro ejército, sino uno oscuro, e iban portando metralletas, además de pistola tipo escuadra y todo el equipo propio de su división.

Uno de ellos abordó la unidad después de saludar afectuosamente al conductor y empezó a recorrer el pasillo de atrás hacia el frente, asiento por asiento, interrogando a cada pasajero (éramos como unos 22), a quienes les sacaban sus identificaciones y ordenaban que bajaran al patio, donde ya otros soldados abrían los compartimientos del equipaje para revisarlos. Aunque no lo vi completamente desde mi ventanilla, una soldado revisaba corporalmente a los pasajeros. Ellos después dijeron que les habían pedido diferentes cantidades de dinero para dejarlos continuar su camino a la frontera.

Antes de “torcer” a Miguel Alemán hay un puesto militar, con casamatas, protección de sacos de arena, ametralladoras sobre tripiés, cámaras rodeando una unidad blindada con diferentes instrumentos. También en el acceso al puente internacional hay varios militares desocupados que, en mi opinión, son un pésimo ejemplo para los visitantes.

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